¿Cuántas veces lo dibujaste?


Por Romy Abalos
A Jero lo traían en la panza

La primera vez que te llevé al Urbano, te llevé en mí. Tenías sólo cinco meses de gestación. 

Todo el mundo me decía “¿cómo vas a ir, estás loca? ¿No ves que vas a ser mamá? Y miles de cosas más. Escapando de todo eso, nos mandamos igual, y fue ahí cuando te acostumbraste a ser hincha de Morón.

En aquel final triste del 2006, lloré por no poder darte la primera alegría y juré por siempre hacerte hincha de Morón. 

Después de que pasaron los meses, volvimos al Urbano, a pesar de que el abuelo te había hecho socio del más grande a los diez días de vida. Cuando te paraste en el alambrado con tu primera remera de Morón y tus piernitas todavía te temblaban, se me llenó el pecho de orgullo. 

De ahí comenzamos a ir siempre a nuestro querido URBANO, cuando los demás nos criticaban y nos trataban de inconscientes por ir a la cancha, nosotros seguimos yendo igual. Lo que ellos no entendían era que no íbamos a la cancha, ¡íbamos al Francisco Urbano!, que era muy diferente a ir a una cancha cualquiera. 

Ibamos al templo de nuestro amor, íbamos a saltar, a gritar, a cantar, a demostrar lo que era Morón. Vos jugabas con los papelitos, los globos, te enojabas porque no veías nada.

Fueron pasando los años y cada vez fuiste entendiendo más lo que es este sentimiento. Cuando hace unos meses te dije que no íbamos a ir más al Urbano, que íbamos a tener una cancha más grande, te negaste, me dijiste que no querías dejar de ir a nuestro FRANCISCO URBANO. Fue allí que entendí que ya parte de mi misión estaba hecha. Al negarte, comprendí que ya sentías al este estadio como parte tuya, como parte de tu vida. Fuimos y te mostré lo que va a ser nuestra nueva casa, quedaste contento, pero seguís diciéndome “no quiero dejar de ir al URBANO”.

¿Cuántas veces lo dibujaste? y venías con orgullo a mostrárselo a todos. “Esta es la cancha de MORON”, “este es el Francisco Urbano, acá vamos con mi mamá a alentar a Morón”. ¡Qué orgullo hijo! ¡Que orgullo para mí! Cuantas veces te enojaste porque no te llevé. Porque hacia frió, porque eran los días que te tocaba ir a lo de tu papa... 

Este domingo vamos a ir a despedir a nuestro lugar, a tu lugar, mi lugar y el de muchos más... Va a ser triste dejarlo, pero es un paso que como club tenemos que dar. Pero cuando seas grande con orgullo y con el pecho grande vas a poder decir: “YO ALENTÉ EN EL FRANCISCO URBANO”. Y CANTAR: ♪  YO VENGO DESDE QUE SOY PENDEJO, AL GALLO YO LO VENGO A ALENTAR♪♫ ♪. Le vas a contar a tus hijos de nuestra primer casa, y miles de historias que vamos a vivir en esta nueva... Y es así  trascendiendo que nos vamos haciendo grandes... JERO Y ROMY TE DICEN: HASTA SIEMPRE FRANCISCO URBANO...

Jovencita tribunera


Yésica Bazán podrá contar que estuvo en el viejo Urbano. En el campo de juego y en la popular.

La vi parada ahí


Por Fabio Ruiz

Vivo en Hurlingham, más precisamente en el barrio Santa Clara, cerca del Barrio Cartero.

Voy a ver a Morón desde los 13 o 14 años más o menos. Antes de que ascendiéramos a la B Nacional, realmente me hice hincha ya que tenía un compañero de primaria que jugaba en inferiores, y este compañero es Leonardo Verón, gran jugador.

Al principio se me hacía complicado ir, pero cuando me compré una bici, era ir al Francisco en bicicleta. ¡Sí sí! En bicicleta de noche, o con lluvia, o a la tarde, con el sol que rajaba, siempre en la bici. Un tramo importante, Vergara, Plaza Oeste, y… costaba. Hoy, ya más viejo, lo hago en auto. ¡Una vez también fui hasta la cancha de San Miguel!

El tema es en que uno de los tantos partidos que jugábamos de noche, yo siempre ataba la bicicleta en un poste de luz justo en diagonal a Gallo Manía. Jugábamos con Estudiante de Bs. As. La hinchada visitante se retiraba y nosotros nos teníamos que quedar hasta que se fueran ellos. Claro. Nadie sabía que esa noche estaban las cámaras de Policías en Acción y no abrirían las puertas para que la hinchada se alterara y esta gente pudiera llevar su material para editar. Y, obvio que lo consiguieron. Eran las 11:45 de la noche y nosotros todavía adentro, día de semana, y esta gente logró lo que vino a buscar. Batahola, corridas, balas de goma y lo más gracioso fue que en el material se mostró en el programa unos días después me encontró con mi señora viendo los incidente y ¡a mi querida bicicleta atada en el poste! Fue una risa única de los dos. Pero es así como dice la canción "un sentimiento que no se puede explicar", como los hijos, un amor inentendible. Lo vi ascender en esa cancha y descender en esa misma cancha.



Locuras que un hincha hace por ese club que tanto ama.


Te voy a extrañar, querida cancha, y cada vez que pase por ahí le diré al que me acompañe "acá estaba el viejo Francisco Urbano". O solamente miraré en esa esquina y recordaré que esa noche tenia mi bicicleta atada a un poste.

Regreso a los pastelitos de la abuela


Sabrina y su hijo. Los Gagliardo, siempre juntos a la cancha.
Por Sabrina Gagliardo

Desde que tengo uso de razón escucho historias y anécdotas sobre Morón y su estadio, mi amado Francisco Urbano.

Mis abuelos se mudaron enfrente del Urbano cuando mi papá tenía 7 años. Así que mi viejo y mis dos tíos se criaron ahí adentro.

Escuché a mi viejo contarme que jugaban a la pelota ahí y que "el viejo Pagano" les regalaba las pelotas que estaban descocidas y rotas. Que él ayudó a entrar ladrillos cuando sacaron los tablones del año 80 cuando fueron a Merlo, y aunque se volvieron más que felices, al subirse al auto se dieron cuenta que tenían las gomas pinchadas. Incontables nombres de jugadores, titanes del balón y ¡de los huevos!

Lo escuché contarme lo difícil que era ganar en el Urbano, los duelos con nuestros eternos rivales, Chaca, Chicago, Almirante. Mil veces escuché las hazañas en primera...

Mi tío Horacio, que desde el 99 alienta al gallo desde el cielo y se llevó sobre su pecho tu banderin, a quien le pido una manito en momentos complicados del gallo, se lo pido a él porque está mas cerca del "barba" que nosotros. Infinitas mis tardes en tus escalones con mi viejo y mis tíos... Mi abuela que se quedaba en la puerta de su casa escuchando el partido por la radio, saludando a cuanto hincha pasaba por la puerta, esperándonos con pastelitos a la vuelta, con ojitos tristes si habíamos perdido, con sus brazos en alto si habíamos ganado y diciendo " peor es perder".

La vida quiso que el amor de mi vida sea hincha fanático de Morón. Jochu... Nuestra fiesta de casamiento estuvo pintada de blanco y rojo.

Ahora pienso que falta poco para dejar de verte. Sos mi casa desde hace casi 20 años, sos mi vicio, con sol, con lluvia, sola o con mis hijos. Me viste crecer. Pasar de niña a adolescente, de joven a mujer. Te visité soltera, casada y con mis hijos en la panza.

Antes éramos muchos, íbamos todos juntos, la vida quiso que quedáramos menos. Los que ya no están vivirán en mi corazón y en mi recuerdo por siempre, al igual que vos. En tus escalones reí, lloré, corrí, me asusté y grité, sobre todo grité. A veces de alegría y muchas otras de bronca. Más de una vez me pareció ver al tío subir los escalones de la platea con su paso lento, será la magia y la ilusión que provocás. La ilusión que se renueva, siempre se renueva... pienso, ¿podré sentirlo mi casa al estadio que te suceda? Quizás.

Me queda la alegría de que mis nenes te hayan conocido, quizás el menor no llegue a recordarte. ¿Mi misión? Pasarle a mis hijos la pasión que heredé de mi papá, mi abuelo y mis tíos. Mi hijo Tobías ya canta tus canciones, y con mi marido Jochu nos une también el amor rojo y blanco. Hasta siempre Francisco Urbano, te voy a extrañar.

Quinientos kilómetros y cuatro cuadras


Por Augusto Ezequiel María
Vuelve al pago para despedirse de la vieja casa

La verdad, no recuerdo con precisión qué edad tenía cuando pise por primera vez los escalones del Urbano, pero si me acuerdo que fui acompañado de mi papá y de mi hermano, ellos fueron quienes me iniciaron en este camino de ser Hincha del Deportivo Morón. Como puedo olvidarme de los preparativos, mi papá con la radio, las colas para sacar las entradas,  el sorteo que se hacía durante el partido de una pelota, el cacheo, algún que otro empujón de la policía o atropellada de la montada, corridas, avalanchas, gritos y llantos.

Realmente, se me vienen muchas imágenes de los momentos que viví en ese estadio, desde el ascenso al Nacional B, sentado en la tribuna que da a las vías, llevando comida para pasar las largas horas previas hasta el inicio del partido, hasta el partido en que Racing presentó a su nueva figura, nuestro Miguel Angel Colombatti , partido que para las estadísticas fue 1 a 1, pero para los nosotros fue más que eso. Recuerdo también aquel portón ubicado en la esquina de Brown  y Humberto Primo, por  el que se podía ver parte del campo de juego y alguna que otra jugada; ni hablar de lo que sería la cuarta tribuna, ese alambrado de espaldas al Dorrego, adornado de yuyos y partes de cemento para la tribuna que no fue, y que supo ser refugio de algunos hinchas visitantes. Esos hinchas visitantes que tenían que cruzar las vías para llegar a la cancha, que llegaban por la avenida Vergara y dejaban los micros a cuadras del estadio, cerca de mi casa, pudiendo ver, esas caras largas que tenían después de su visita al oeste; ni hablar del camión que supo dejar Chacarita abandonado; fui testigo de esa y muchas más.

Son innumerables los recuerdos vividos, hoy muchos años después, quiero quedarme con esas imágenes, las del Urbano con sus parlantes bien altos, anunciando las formaciones o los cambios, las famosas publicidades de casas locales que ya no existen, como Confitería La  Moneda, que supo adornar los techos de los bancos de suplentes apostados a espaldas de la platea, hasta el vigente Baterias Tito, (“siempre junto con el Deportivo Morón”); ese espacio ubicado sobre el campo de juego, especie de palco de lujo, que durante años, algunos privilegiados supieron disfrutar;  ese Francisco Urbano tan temido por muchos, que más de uno apodó cementerio de elefantes (no nos podemos olvidar que Estudiantes de la Plata, un domingo a la mañana, sufrió en carne propia, de la mano de Rolando Mannarino, ex del lobo platense), ese Francisco Urbano quedará para siempre en mi memoria, porque formó parte de mi infancia, de mi adolescencia, de mi vida.

Desde lo deportivo, puedo decir que viví el ascenso, el descenso, grandes  triunfos, y derrotas, partidos ganados “a lo Morón”, sufriendo, con lo justo, pero poniendo todo en cada pelota. Como olvidar una de las peores goleadas que recibimos de local, allá por el año 94 contra Atlético de Rafaela por 7 a 1 en nuestra casa bajo una lluvia torrencial, pero los que estuvimos ahí, nos quedamos hasta el final, al gallo no se lo abandona, al Urbano, tampoco.


Hoy no estoy a cuatro cuadras de distancia, estoy a quinientos kilómetros, en La Paz, Entre Ríos, ciudad en la que he sido reconocido por ser Hincha del Gallo, y en la que he encontrado otros “gallitos” como yo, pero que a la distancia no he dejado de seguirte. Por todo esto, querido compañero de vida, quiero decirte “GRACIAS”, en tu última función estaré presente, pero no me pidas que no me emocione, porque ya, es demasiado tarde….y con mucho orgullo les diré a muchos….YO, alenté en el URBANO!!!!!

Desde el portón de Brown y Humberto 1º


Por Mario Morlibo

Mario y Diego cuentan con "un hombro amigo donde enjugar las lágrimas"
Nací en Villa Tesei. mi familia es de Boca, por ende yo lo fui, hasta que un día me escapé a "pasear" a Morón y me encontré un estadio ahí cerca de mi casa.

Era sábado y había partido. Año 1977, más o menos. Desde el portón de rejas que estaba en la esquina de Humberto 1º y Brown, donde hoy está "Gallomanía", me puse a espiar, como lo hacían tantos otros conmigo. Me entusiasmé y me quedé.

"Van a abrir en el segundo tiempo", me dijeron. Nunca había ido a una cancha y esperé ese momento donde salimos disparados a la tribuna. No me pregunten contra quién jugamos, ni quienes eran los jugadores. No sé ni el resultado. Mis 12 años y los nervios del debut como hincha no me dejaron almacenar tanta información.

Hoy, con 48 al hombro, los recuerdos se me chocan y revuelven. La tristeza y la alegría que viví en el Urbano no sé como explicarlas. Los ascensos y descensos.

La última vuelta olímpica fue con Defensores de Belgrano. Yo con asma, sentado en la tribuna, vi como en pocos instantes me quedaba solo. Todo el mundo bajo a dar la vuelta con los jugadores. Lloré como un chico, por la alegría y por la frustración de no poder sumarme a la fiesta. Apenas podía caminar, día frío y húmedo. Me tuve que pelear con mi señora para que me deje ir. No me la podía perder.

Ahora ya no voy solo. Tengo mi gran amigo y compañero, MI HIJO DIEGO, enfermo de Morón como yo. Los dos nos damos fuerza cada vez que hablamos del último partido que veremos en nuestra casa. Cuando llegue ese día, ya muy pronto, vamos a tener un hombro amigo donde enjugar las lagrimas
.

A pesar de todo


Soy Braian. Tengo 17 años, soy discapacitado y la primera vez que fui a ver a mi querido gallo fue cuando perdimos en la tarde contra Español.

Tenía 10 años. No me olvido. A pesar de que perdimos, fue el mejor día de mi vida. Pisar el Urbano gracias a mi tío, que me hizo fanático del Gallo -y lo seguiré siendo toda mi vida-. 

Gracias por darme alegrías en los partidos que ganamos y tristezas en los que perdimos. Pero el amor que siento por vos, Gallo, nadie lo va cambiar.

Me despido del Urbano, ¡y no quiero!

Gerardo junto a su hijo Marcelo, a quien contagió esta "enfermedad"
Mi nombre es Gerardo Fabián Alvarez.

Tengo 49 años.

¡Y no quiero dejar el Urbano !

¿Es progreso? ¿Es futuro? ¿Es mejor ? El tiempo lo dirá...

Sólo puedo decir que estoy escribiendo esto y estoy muy triste y estoy casi llorando. Desde el 73 con Platense a la fecha, puedo decir que recorrí el país con el Gallo de mi alma. Es mi familia, es mi barrio, estoy orgulloso desde el día en que mi viejo me llevó, y no dejé jamás de ir. Hasta ver un amistoso a Fray Bentos, ya de mayorcito, hasta con el cuervo en Vicente López, donde lo duplicamos en gente.

Decir Urbano es Patagones. Esperar la camioneta de Mingo, después Daniel. Es el Tano, pedrito Morales, Canche, Patán, Arkansas el más grande de todos, Piedrita, etc., etc.

Vi a grandes jugadores, que los tocabas y pensabas que eran gigantes, López, Bergessio, Colombatti, Stagliano, Spindola.

Es el 80 y el 90, y también, por qué no, el 77. En Caseros con Estudiantes, es copar Lanús, la lateral de madera o la vieja cancha de Quilmes.

Todas las tribunas de Mataderos, pisar fuerte en todas las canchas. Es que el Polaco Paul te cobre la entrada para jugar a la pelota al costadito y diga “vos no porque vas a la cancha con negociación con Willie”.

Decir "el Urbano" es decir mi vida, parte de ella o toda, sembrar ajos para quebrar la mala suerte en el medio de la cancha, pero no hizo efecto...

Es haber llevado muchos años después a mi hijo (y sigo llorando, pero peor) al cual enfermé con este sentimiento tan puro y desinteresado. Es dar todo sin pedir nada a cambio.

Es recordar a mi viejita que hoy va a estar más cerca de la nueva cancha, en el cementerio, justo enfrente (no puedo más), cuando me dijo “¿de Morón o del 77 querés ser socio?”. “De Morón, viejita querida, ahí van todos mis amigos”.

Es ver a los Aventín destruir el pasto con las coleadas en el 80, es ver a Víctor Galíndez venir a verlo campeón del mundo, Monzón con los galancitos, Cosmos, Boca, Alemania Oriental, Ferenvaros…
Amigos, este año cumplo 40 años con el Gallo, y me despido del Urbano y NO QUIERO.

Abrazo a todos. y tengamos memoria.

En el URBANO FUI FELIZ

De lateral a formador. Del Urbano a la vida

Walter siempre encuentra un rato para los amigos

Por Walter Rodríguez (*)

Me desperté sobresaltado. Serían las tres o cuatro de la madrugada. En seguida me di cuenta que era un sueño, no una pesadilla, pero un sueño extraño, confuso.

Me levanté a tomar agua, como de costumbre y me puse a pensar en lo que había soñado.
Pero de inmediato volví a repensar lo que por mi mente me daba vueltas. ¿Era un sueño o habían sido mis pensamientos y mis conclusiones unos minutos antes de que me venciera el cansancio? Había leído, escuchado y visto todos los últimos programas partidarios, sumado a los mensajes de texto que me llegaban y me hacían analizar todo con una sistematización propia de un cálculo de ingeniería.

Pero en parte sí era un sueño, pues se mezclaban realidades de la actualidad con realidades del pasado, de mi juventud, cuando desde la cancha, en un entrenamiento o un partido, iba pensando en el futuro y no precisamente ligado al futbol. Cosa que sucedió. O no.

Mientras se calentaba el agua en el microondas y buscaba algo para acompañar el café cortado (misión más que difícil, a menos que mis hijos me hubieran dejado alguna rumba semihúmeda), encendí el televisor para ver las noticias habiendo quedado pendiente, aun, el análisis de ese sueño o esa realidad que me había hecho despertar sobresaltado. Aunque en realidad, y según los datos de TN, no era tan temprano, ya eran casi las seis de la mañana.

Los datos de Alejandro a eso de las 21, se contradecían con los del Negro del las 21:30. Raúl, desde su programa no dejaba margen de dudas. Pero Marcelo, ya entradas las 23 afirmaba lo que muchos no podían ni creer ni confirmar.

Los mensajes de texto iban y venían, pero todos sorprendidos ya que todo era un comentario generado desde algún medio cuya fuente no se podía revelar. El viernes anterior, ni Guillermo ni Ezequiel presagiaban un final así, a pesar de ser en algunos casos más o menos detractores.

Saliendo para el laburo, la escuelita técnica del sur de mi ciudad con más años cumpliendo funciones de contención, a pesar de mi formación profesional, que en mis años próximos al egreso, me ilusionaban con ser gerente en una multinacional y hoy me encontraba, tratando de enseñar lo poco o mucho que aprendí. Mientras se “calentaba” el Diesel, encendía el celular, y César, el almacenero del barrio, me hacía señas de una goma baja. Buenísimo para comenzar un martes de incógnitas, preocupaciones y llegadas tarde. La resignación de llegar a horario, me tranquilizó.

Y ahí se me cruzaban imágenes: El micro de inferiores que se prendía fuego cuando transitábamos para la cancha de Tigre, un domingo muy temprano y lloviznoso. Una tarde de frío de agosto, mientras Jorge, en el entretiempo anunciaba dos cambios para dar vuelta la historia contra Tristán en Mataderos. Y nada más. ¿Qué tenían que ver esas imágenes con las de la noche anterior? ¿Y qué tenían que ver con las gomas de mi Diesel? ¿Todo tiene que ver con todo, o nada con nada? Ya ni sabía los porqué y casi por los donde.

Mientras lentamente cambiaba el neumático trasero derecho se me iba aclarando el panorama, pues, sin apuro y con las manos ocupadas, trataba de hilvanar ese torrente de pensamientos e ideas que me molestaban desde la noche anterior.

Realidades del presente se entremezclaban con hechos del pasado: La cancha, el bar del flaco, la famosa cuarta tribuna, el circo donde hoy está el colegio, la lateral de madera, la iluminación, el ascenso a primera y el descenso a la “C”.

Compañeros de inferiores, vecinos de tribuna, corridas en Mataderos y baños de inmersión en primera. Copar Vélez contra Racing, “rajar” de San Martín, jugar contra “Comu”, empatar con los de Ezeiza, escuchar la arenga final en el túnel, despegar el barro de entre los tapones. Ver la figura segura de Don Francisco o las calenturas de Pepe, escuchar que llega la banda, para hacernos sentir más tranquilos. Viajar al sur en invierno, caminar por el borde de la pileta, y no sé cuántas más se me cruzaban como imágenes una atrás de las otras, sin orden ni lógica.

De a poco y en el mismo momento que asomaban los rayos de luz, ya pasadas las siete de la mañana, se fue despejando mi mente, aclarando el panorama en la misma proporción en que el sol calentaba mis manos y mi diesel. Recuerdos de “había una vez un club” y realidades que me comprometían aún mas en mi trabajo, de docencia por vocación y no por formación. Mis maestros del futbol me habían enseñado a compartir con los más humildes y relacionarme con ellos, a quienes recuerdo con todo mi corazón más que con mi mente. Y esas enseñanzas las supe transmitir a mis alumnos, a quienes les decía que “había que pasarla bien en la escuela, pero estudiando y hablando de futbol, de la vida misma”.

Claro, parecía lapidario, como un solo mensaje entrelíneas leía o escuchaba en una o todas las audiciones o leía en una revista o un suplemento zonal, lo que iba sucediendo: La venta de la sede, el traslado del estadio, las puteadas al técnico, ídolo como jugador, el cierre de los bares del club, la privatización de los pocos espacios que quedaban, la aparición de Peñas para reemplazar la actividad social que ya no nos daban, el acercamiento de empresarios que aseguraban “ser hincha desde que nací”,la aparición de los Tribunales y el Colegio nos condenaban a estar en el centro de la ciudad y esto, a los comerciantes y al intendente, le molestaba mucho. Ah, me olvidaba: ya la gente no puede ir de visitante, ya no podemos copar en todos lados. Ahora podés verlo por TYC o escucharlo por AM o FM o, si no, desde cualquier lado podés seguirlo por Internet. Ah, un club VIRTUAL, un futbol sin el calor popular, un club sin socios pero con muchas agrupaciones que querrán gobernar lo poco que queda, al menos hoy. ¿Esos eran los sueños o pensamientos que me abrumaban?

Cuando cambié la rueda y el auto se calentó, ya todo se me aclaró. Mi club, casi devastado, mi escuelita, esperando un subsidio provincial para ser digna, en lo edilicio, pues en lo humano ya era mas que grande. Grandeza lograda por los hombres y mujeres, de la mano del Negro Santana, que supieron luchar para que los chicos del barrio tengan una mayor posibilidad de triunfar en la vida. Y yo, al borde del retiro, añoraba mis épocas de lateral en el ascenso, seguía frustrado por mi decisión de dedicarme a la docencia, relegando mis aspiraciones de ingeniero para brindarme a los pibes. Conformista, resignado, incompetente o puro corazón. Esto último me lo dio la escuelita del sur. Lo demás, eran sueños o realidades. Pensamientos que me abrumaban porque mi club, se desvanecía, mi escuela se alejaba junto a mi laburo, de mi vida cotidiana. 

El pizarrón del aula, se asemejaba al campo de juego, los alumnos a mis compañeros de equipo, el Director de la escuela, el maestro, al DT de inferiores que te llevó a primera. El trabajo en el aula de mi escuela de provincia, al sur de mi ciudad del gran Buenos Aires, se asemejaba a mi club, ambos con más deterioros que resplandores, con más gente que deja quererse que de las otras. Futbol y Docencia marcaron mi vida, que no planifiqué, pero de la que no me arrepiento, a pesar de mis frustraciones.

El futuro es incierto y hoy, necesitado de reencontrar mi lugar en el mundo, sigo soñando o repensado mi futuro, a mi edad. La realidad es que “el Urbano” ya no estará. Qué pena. O no.

(*) Walter Rodríguez es autor del libro “Francisco Urbano, Trayectoria de un dirigente, Historias de un estadio”, que se presentará el 31 de mayo de 2013 a las 19:30, en Yatay 555, Morón.

Vamo' los pibes!

Fernando en su debut en el Urbano
Invierno de 1982. Tenía un año y monedas. Seguramente mi viejo, que era de Racing pero en su corazón también estaba el gallito, en algún paseo me metió en el Urbano y me tiró esta foto. Es el documento de mi primera visita a la cancha del Gallo.

Pasaron los años y tuve la suerte de jugar en la Escuelita y pisar ese cesped sagrado de Brown y La Roche, ver los entrenamientos y llevarme los guantes de arquero firmados por el yorugua Silva. Eran épocas donde el gallo imponía respeto en el Nacional y el Urbano era una fortaleza de la cual llevarse un punto era negocio.

En 1994 fui a mi primer partido "oficial", con mi viejo y la camiseta Sportlandia con la banda roja que él me había comprado: un increible domingo a la mañana cuando le ganamos a Estudiantes de La Plata 1-0 y lo dejamos sin invicto. En Estudiantes jugaba Chiquito Bossio, Verón, Palermo... En Morón, el genial Negro Coquito Rodriguez, Martin Mendez, Mannarino...

Después me tocó vivir la debacle, vivir más pálidas que alegrías. Creo que soy de los más viejos de la generación que nunca vió a Morón Campeón. Porque con 32 años hoy, tenía 8 y era muy chico en 1990 cuando dimos la última vuelta. Sólo recuerdo un informe de canal 9 mostrando la fiesta... 

Nos acostumbramos a las pálidas. Nos acostumbramos a salir del Urbano cabizbajos y puteando, pero a la fecha siguiente estábamos ahí, en la popu o platea renovando la ilusión de que vuelvan esas gloriosas épocas vividas en ese "Templo" y de las que uno se sintió siempre orgulloso.

El domingo cuando el árbitro pite el final del partido, no va a ser un partido más, sino que va a ser el adiós al lugar donde tantas cosas vivimos y que van a quedar para siempre en nuestro corazón.

¡Hasta siempre Estadio Francisco Urbano!

AGUANTE EL GALLO AYER, HOY Y SIEMPRE!! 

Fernando Digón

Como si él siguiera estando ahí


Soy hincha de Morón y nada más.

Siempre viví en Morón hasta que me casé. En la actualidad, vivo en Isidro Casanova, a dos cuadras de las cancha de los … ¡de Almirante! Son las cosas de la vida, pero bueno, que va ser, JAJAJA! 

Igual, siempre yendo a la cancha en el 317 camuflado, mi anécdota con el Urbano es que siempre fui al mismo lugar riconcito, popular arriba de todo hacia la platea. Hace varios años que soy socio popular y hace dos que soy de platea, para colaborar con el club pagando 30 más.

Iba con mi papá, también socio, aunque lloviera. Llevábamos un nylon para cubrirnos.

El 15 de julio de 2010, mi papá falleció y yo siempre seguí yendo al mismo lugar, porque para mí es como si él siguiera estando ahí. Puteando cuando perdíamos y abrazándonos cuando ganábamos.

Va a ser muy triste la despedida. Siento que voy a dejar una parte mía ahí.

Saludos a todo el equipo. Los escucho por internet porque en Casanova hay tantas fm truchas que no llega buena señal.

Diego Martín Casal

PD: Cada vez que escucho a Los Calmantes en La 94 Sport, les juro que se me pone la piel de gallina.

Atracción sobrenatural


Por Sergio Babino

Desde ya, a todos nos vienen por estos días, gratos y tristes momentos de nuestra casa del futbol que está por desaparecer. 

Como socio, uno pensó en el mañana y el mismo está en el nuevo Urbano que, detalles más, detalles menos, lo estamos armando para vivir un futuro más actualizado. 

Pero hoy, los recuerdos nos surgen como hongos y los masticamos para esta etapa de transición. Uno de los lindos recuerdos personales fue mi atracción a nuestra cancha cuando allá en los principios de los 70, desde el Dorrego mirábamos en los recreos parte de la práctica y hasta nos hacía gritar los goles del equipo que formaba como titular.

Luego, en las mañanas, venía el picadito en el espacio que se había destinado para la cuarta tribuna. Nos sentíamos parte de las prácticas. Yo iba a la tarde y en ese entonces practicaba la primera en ese horario.

Una anécdota que pocos saben, y ya en la presidencia de Meyer, conocí a un parapsicólogo de nombre Luis, con experiencia de ser contratado por muchos clubes de primera y le dije a mi amigo Bellido teníamos que curar la cancha. Yo lo llevo (me parece que fue después de Español). Obviamente, pocos sabía y ¡se cagaban de risa! y mucho más cuando Luis comenzó a caminar en una nochecita, con pasos largos, haciendo movimientos con los brazos para dar un diagnóstico. ¿Y saben que dijo?: “Muchachos hay una fuerte onda negativa que sale de los vestuarios”. Todo quedó ahí y nadie lo creyó.

Hoy veo, con el tiempo, que Luis tenía razón, ya que desde hace tiempo en ese sector (corazón del fútbol) algo anda mal plasmado, de mala energía, donde aún no nos podemos poner de acuerdo, bancando intolerancias, sin cabezas abiertas. Yo no creo en brujos pero...


Así que, muchachos, despidamos con alegría al viejo Urbano y traslademos al nuevo estadio ¡mucha, pero mucha energía positiva, con un club unido, con mentes abiertas! y los que quieran seguir como ahora, se compren un departamento en el nuevo complejo y nos miren por TV.

Duele no regalarte una vuelta olímpica


Por Gonzalo Izquierdo

Como empezar a hablar del Urbano sin emocionarme...
Tantos partidos, tantas previas, tantos festejos, y tantas tristezas, tantas risas y tantas lagrimas...
De la primera vez que fui a la cancha tengo pocos recuerdos.
Solo sé que fui con mi viejo y estaba por los 7 o 8 años.
Era una tarde de sol,  el rival era Unión de Santa Fe, si la memoria no me falla.
Lo que sí recuerdo bien, es que la hinchada ¡era una fiesta!
Desde el costado derecho de la popular sentía como los del medio no paraban de cantar
No recuerdo el resultado del partido... pero nunca olvidare el fervor de la multitud.
Al próximo partido volvimos, pero esta vez a la tribuna visitante del Urbano.
Mi viejo decía que en esa tribuna se veía el partido tranquilo, y como era con Gimnasia de Jujuy, si mal no recuerdo, no iba a venir nadie. Y tenía razón, éramos sólo unos cuantos de Morón ahí.
Obviamente que no tengo memoria del partido, pero sí de lo mucho que extrañaba estar del otro lado, en la tribuna con la hinchada.
Al otro partido, fui con mi hermano mayor a la local y desde esa vez nunca más dejé de ir a ver al gallo.

Ahora, la misión es llevar a mis sobrinos para contagiarles esta hermosa enfermedad, esperando que la vida me de la posibilidad de llevar a mis hijos a compartir esta pasión.
Veinte años después, puedo decir que esa tribuna se volvió el lugar donde soy feliz.
Sin importar resultados, equipos, jugadores y dirigentes, el Urbano fui siempre ha sido mi lugar.
Amigos, bandera y a alentar desde la gloriosa tribuna que no para de latir.
Es muy difícil pensar que falta tan poco para la despedida y duele mucho no regalarte una vuelta olímpica para que el adiós sea como todos queríamos, pero sí te prometo que desde adentro te vamos a ir a saludar todos en todas las tribunas ¡y la última vez será inolvidable!

El estadio Francisco Urbano siempre en los corazones de los hinchas de Morón.

Carcelero de mi corazón

Martín y no muchos más se bancaron la lluvia frente a Lamadrid

Por Martín Vaglica

Me quité la capucha del piloto porque prefiero sentir las gotas en la cabeza. A esta altura de mi vida las gotas impactan con mayor facilidad sobre el cuero cabelludo, clara señal de la debacle de la resistencia ante la alopecia.

Observo a mí alrededor, y sin avergonzarme debo reconocer que esta noche somos pocos, y esta vuelta me vine solo. Era difícil convocar acompañantes un lunes a la noche, lluvioso, sin aspiraciones a ninguna pelea y contra un club de barrio recién ascendido.

Me detengo sobre los rostros más cercanos y trato de descifrar en ellos motivaciones en común que nos congreguen esta noche. Difícil. Se me ocurren algunas, muchas de ellas rozan la incoherencia de los actos humanos. Entre tantas, destaco una. Este magnífico y humilde estadio, que se ha constituido durante más de medio siglo en el templo donde miles de hinchas sufrimos y festejamos, donde discutimos con nuestros mejores amigos y nos abrazamos apasionados con absolutos desconocidos, donde se declaró en cada partido la sentencia que determinó el humor de tantos de nosotros durante tantos días de nuestras vidas…

Ese estadio, en poco tiempo más se convertirá en una montaña de escombros y luego en un espléndido complejo comercial y habitacional. Duele. Por más que nos cuenten que es un gran paso adelante, que vamos a ser un club mucho mejor, que en el nuevo estadio podrán tocar hasta los Rolling Stones. Igual duele. Quizás por éste, y algunos otros motivos, estamos hoy aquí, mojados, pocos, sin demasiado interés por lo que puedan ofrecer estos jugadores que están desempeñando la peor campaña que recuerde. Un campeonato magro, insulso, que nos cobija en la espesura del fondo de la tabla y en donde a puro machetazo sumamos los puntitos necesarios como para no recalar en la C.

Me retorcía entre este tipo de reflexiones cuando ya había comenzado el partido. Me convoqué al encuentro cuando a los pocos minutos de iniciado, nuestro defensor central se animó a cruzar la mitad de la cancha (ojo, y no era en una pelota parada) y cuando estuvo a no más de 35 metros del arco sacó un zurdazo hermoso que le picó en el borde del área chica al arquero que nada pudo hacer. La humedad del césped hizo lo suyo. 1 a 0. Increíble en los últimos tiempos empezar tan cómodo en un partido. Pero atentos, el gallito hoy está agrandado. Ni bien sacaron del medio, nuestros volantes recuperaron la pelota y luego de varios toques precisos quedó uno de los puntas sólo y frente al arquero. No duda. Define. Estalla la popular local con el 2 a 0. Los que entraron 10 minutos tarde al Urbano no entendían nada. Y cada vez llovía más. Y los nuestros cada vez más precisos, y los carceleros cada vez más perdidos. 

El arquero da cuenta de la situación y se desploma en el piso, en clara intención de aquietar los ánimos en los que se desarrollaba el encuentro. Pero al parecer la lesión era real. Real era también la urgencia con la que su técnico, compañeros y cuerpo médico le rogaban que se parara y continuara el partido. No pudo. Imagínense el entusiasmo y la confianza con la que ingresó el arquero suplente. Y así fue que la primera pelota que llegó a sus manos fue convertida de centro intrascendente a tercer gol del gallo. Poco más de quince minutos y tres pepas.
No recuerdo antecedentes, los debe haber. En la confusión de un encuentro tan extraño me asaltaron recuerdos dolorosos; campeonatos perdidos,  descensos alcanzados, de goles en contra sobre la hora y penales errados, de grandes desahogos y varios fracasos… y qué le va a hacer, alguna lágrima se infiltro entre otras humedades de la noche.

Y otro gol es el que me devuelve al partido. Esta vez, un delantero de los más puteados en mucho tiempo, fue el que se encargó de esperar la salida del arquero y despacharse con un sombrero en exquisita definición. Y así, a los treinta minutos el gallo le ganaba 5 a 0 a Lamadrid. Los siguientes sesenta minutos fueron más parecidos a lo que padecimos en el resto del campeonato, errando pases, comiéndonos goles, etc. El resultado final apenas si decora la anécdota.


Aún llovía cuando caminaba hasta el auto que había dejado estacionado a un par de cuadras, sobre la calle Colón. Fue en estas veredas, en las que ahora fijo mi vista para esquivar charquitos, en las que tantas tardes caminé con la expectativa del triunfo de mi querido gallo, en las que ahora busco la respuesta a una pregunta que no me deja de doler; ¿habrá sido esta la última gran jornada que viva en mi querido Francisco Urbano?

Más que un campeonato

Ciro. Protagonista del mejor abrazo de gol.

Por Leo Suárez Bohn

Nos encontramos con dos amigos ese 3 de junio de 2006 para ir a Varela. Un día gris, oscuro, frío y un poco de llovizna, y sin dormir con los nervios que tenía. Llegamos con tiempo, éramos pocos cuando entramos.

¡Qué partido nos esperaba! Nunca había visto a Morón pegarle semejante baile a otro equipo en su propia cancha, y menos en esa instancia tan decisiva.  Con Gustavo nos mirábamos y ya planeábamos en nuestras cabezas los viajes a todo el país, volver a jugar con Chacarita, Chicago, en Córdoba, Tucumán, y dejar de jugar de una vez por todas con Cambaceres, Flandria, Colegiales…


Pero… lo que ya todos sabemos y nadie le gusta recordar, fue el puñal más grande que me pegaron en una cancha. Ese tiro libre, ese grito desaforado que vino de enfrente me rompió el alma en mil pedazos. No fue fácil reponerse, y desde ahí que en mi cabeza quedo la idea que ni siquiera un ascenso al año siguiente o cuando sea, iba a reponer tanto dolor.

A los seis meses el nuevo golpe, en el Urbano, no dolió tanto, al menos para mí. Y a la temporada siguiente lo mismo, y a la otra lo mismo, y seguimos igual año tras año.

Lo que jamás me imagine es que ese dolor futbolístico, se podía reponer con algo que nada tiene que ver con lo que pasa adentro de una cancha.

Que hay más lindo que gritar un gol desaforado y abrazarse con el primero que ves al lado sin importarte quién es, de dónde, cómo se llama, de qué religión, sólo sabiendo que en ese momento, en esos segundos, sentís lo mismo que él y no te importa nada más en la vida que ese gol que estás gritando.

Y ahí viene mi historia, en enero de 2009 tuve el grito más grande y hermoso que me acuerdo hasta hoy, un gol que fue sólo uno más en la historia de nuestro club, pero para mí va a ser el que más voy a recordar.

Esa noche, ganamos 1 a 0 a Flandria, con un gol en contra. ¿Y cómo puede ser que alguien se acuerde así, y haya gritado tanto un gol en contra que no definía nada, y ni siquiera era un clásico?

Es que en ese gol, miré a mi lado y abracé a una persona que cambió mi vida, lo apreté fuerte y le di un beso. Ciro tenía apenas 4 meses y era su primer partido en el Urbano.

Ahí me di cuenta que no hacía falta que Morón saliera primero para reponerme, no hacía falta ningún título para curar las heridas de tantas finales perdidas.

El sólo hecho de gritar un gol y abrazar a mi hijo ya me sobraba, y en el día de hoy compartir la misma pasión con él, verlo con la roja y blanca puesta,  corriendo en los escalones de la platea, gritando y cantando conmigo, vale más que salir campeón.

Desde la emoción


Por Gustavo Navarrine

Me encantó saber de esta idea de La 94 Sport,  la decisión de rescatar e hilvanar historias del Urbano, las historias de cada uno, que merecían un espacio así para ser contadas y mostradas a los demás.  Leer esas historias individuales puede desatar todo tipo de emociones y movilizar la capacidad de asombro de quienes teníamos nuestras propias privilegiadas vivencias, los vagos recuerdos, los claros, y la necesidad de poner en algún lugar el significado que el Urbano tiene para cada uno.

Son muchas mis vivencias, desde mis tres o cuatro años donde correteaba en  aquella vieja cancha de básquet, mientras mis viejos disfrutaban de los populosos bailes de carnaval, con famosas orquestas y cantores de esa época. Hablo de 50 años atrás.

O como aquellas inolvidables tardes de invierno, observando los partidos parado en un lugar exclusivo, conformado por aquellos 30 o 40 pilotes (escalones) premoldeados de hormigón que habían quedado al lado del alambrado, donde hoy está el Gimnasio, y que eran un pequeño souvenir, para que nunca nos olvidemos  de la “Cuarta Tribuna” que nunca fue mas que un sueño no concretado.

Hay que destacar que ese lugar era un Vip, comparado con quienes 50 metros a nuestras espaldas, veían los partidos desde el paredón del Dorrego.

Pero qué difícil es explicar desde la emoción lo que nos está pasando.

Cuántos sentimientos cruzados, un hermoso estadio nuevo de la mano del crecimiento y el progreso, por un lado, y el pronto desmantelamiento de nuestra vieja casa llena de añoranzas, por el otro.

Quien no ha tenido esas vivencias, o no es hincha de Morón, se asombra que uno no pueda disfrutar plenamente de la alegría de tener un estadio como el que se viene, y que por el contrario lo embargue la tristeza.

Por eso, me meto en las entrañas del Urbano y me pregunto si no tomará nuestra mudanza como un desprecio, como una infidelidad, como un “ya no me importás” y profundizando esa locura me permito hasta pensar que debe estar cansado que hablemos tanto del Nuevo Estadio.

Veo que este año no le podemos ganar a casi nadie, en esta cancha donde Morón supo ser invencible, que estamos a las puertas del descenso, y me pregunto si el Urbano no nos estará pasando factura por todo este desprecio. ¡Creer o reventar!

Y sí…, hablar desde la emoción me permite hasta pensar en las supersticiones.

Por eso, Viejo Urbano, necesito aclararte que nunca vas a dejar de estar en mi corazón. Prometo ir el sábado a tu despedida, aunque me cueste un montón. Puedo soportar esos lagrimones que se me van a caer;  Pero no me pidas que pase el día que te desmantelen, porque será como un sablazo al corazón. 

Pronto serás unos edificios llenos de gente y luces. Y qué rara paradoja, serás parte del plan de urbanización, como si esa palabra fuera en homenaje a tu nombre.

Para mí, te transformen en lo que te transformen, serás a partir de ahora “El viejo Urbano”. Y el lugar de mis recuerdos.

Y a vos Nuevo Estadio, te pido disculpas si hablo mucho del Viejo Urbano y casi no te presto atención. Es que uno se da cuenta del valor de las cosas cuando ya no las tiene.


A vos ya casi te tengo. Y espero que sea para siempre… ¿me explico?